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jueves, 28 de noviembre de 2013

Pesimismo

Ella iba distraída, murmurando con poco ritmo las letras de la banda argentina que sonaba en el mp4 y tratando de saber si sus supuestos acerca del destino de sus compañeros de ruta eran acertados. En eso aparece él y le dice: “Entonces la buena música con usted es usual”. Pero tristemente, ella (o mejor, el alto volumen de la canción) arruinó el momento y su frase de entrada tan apropiada, pues le fue necesario preguntar qué le había sido dicho luego de siquiera percatarse de que él se había sentado en el asiento vacío adyacente.

¿Han escuchado hablar de la leyenda del hilo rojo? Esta leyenda dice: “un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar el tiempo, el lugar o las circunstancias. El hilo puede tensarse o enredarse, pero nunca romperse”. Ella conocía la leyenda y en ese momento la recordó. Pensó que quizá sí era cierta y podría ser que el extremo del hilo rojo atado a su meñique estuviese en el puesto al lado suyo, atado al meñique de ese hombre. Él le volvió a preguntar tan cálidamente como el día anterior, cuando le habló por primera vez, que cómo estaba y, cuando fue oportuno, le hizo un sutil halago. Desde el día anterior, ella empezó a agradecer que el recorrido de la ruta fuese tan largo y los conductores, tan lentos.

Bajó el volumen de la música y dejó solo un audífono para poder hablar con Santiago –el nombre más escuchado en su vida. Acaso eso influyó para recordarlo o acaso fue el brillo en los ojos de él mientras lo pronunciaba al presentarse. Sea como sea, recordaba su nombre y eso era remarcable, ella es un desastre recordando nombres. Él le comento que estaba ansioso por terminar la publicidad de esa librería de literatura erótica, pues sentía que era un proyecto que le demandaba más creatividad de lo normal y le permitía expresarse más abiertamente. Luego, cuando ella le dejó saber la canción del trío de Seattle que estaba sonando, él le habló de una banda que había escuchado recientemente por primera vez. Intercambiaron opiniones musicales y comentarios absurdos acerca de las cosas más triviales de la cotidianidad, como: “Los avisos de "Dios te ama" no saben de publicidad”. Y ellos se sentían felices, una buena conversación puede dar felicidad, y las mejores conversaciones son las que incorporan esos elementos: música y trivialidades.

Ella intentaba prestar mucha atención a cada detalle de él: su barba hacía un remolino a cada lado, sus carpetas emanaban un viejo olor a café, el nudo de la corbata demostraba su uso poco frecuente y sus ojos brillaban más que las gafas extremadamente limpias sobre ellos. No quería desperdiciar las lindas emociones, pretendía guardarlo mentalmente en caso de que el hilo rojo se volviese a enredar. Y por estar abandonada a dicha labor, casi se gana una caminada de media cuadra extra, la cual habría lamentado por semanas. Por fortuna, Santiago le hizo caer en cuenta de que habían llegado a su parada. Santiago, el de la ruta. Santiago, el publicista. Santiago, su ahora salvador.

Se bajó del bus y agradeció al conductor, quien, sumido en la lectura del periódico amarillista de la ciudad, no respondió nada. “Podría acostumbrarme a ese compañero de ruta” pensó, y sonrió tontamente mientras recordaba las torpezas dichas, acompañadas de una sonrisa igual de tonta. Bastaron once pasos, una sonrisa y tres cambios súbitos de canción en el mp4 para que el estruendo la hiciera sobresaltar y voltear su mirada, así como la de todos los transeúntes. El bus del cual se había acabado de bajar era ahora un acordeón contra una columna del puente peatonal. Pensando que posiblemente había acabado de burlar la muerte y huyendo de ver sangre, cruzó la puerta frente a la que estaba y entró a su lugar de trabajo en pánico.

Luego de un día con los nervios de punta, muchas aromáticas en el trabajo, una noche de sueño intermitente e intranquilo, y aún en shock por su casi muerte, al día siguiente decidió que lo más sano para ella era abordar un taxi camino al trabajo. El trayecto de la casa a allí no tuvo novedades y la jornada laboral transcurrió sencilla y fluidamente. Inclusive hizo bromas acerca del accidente y le pareció exagerada su resolución de gastar plata en taxi, perdiendo así la oportunidad de ver a Santiago. ¡Santiago! ¿Qué habría pasado con él? Apenas se lo preguntaba. Algo como una preocupación surgió frío en su estómago, pronto se desvaneció entre las tareas del día.

Cuando terminó la jornada laboral y ella iba en camino a la salida, vio sobre el escritorio de recepción un periódico con un titular que decía: “Imprudencia de conductor causa fatal accidente” y aparecía la imagen del bus-acordeón que ella había visto el día anterior. Tomó el periódico y leyó la noticia. Cuando concluyó, aún con el periódico en manos, alzó la mirada y la posó sobre un punto fijo en la pared. Luego, al tiempo que dejaba deslizar el periódico de nuevo sobre el escritorio, dijo con una expresión y un tono de suficiente conocimiento: “Siempre lo supe, la muerte disfrutaría primero del amor de mi vida que yo”.

1 comentario:

  1. hay personas que suben a tu tren sin previo aviso, pero no sabes en que momento se bajaran. wooow que gran historia. gracias.

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